Huellas

Hay momentos en los que es necesario borrar las huellas que dejas tras de ti para no volver a encontrar el rastro; vaciar la mente, desconectar tus venas del corazón de otros y recluirlas en tu pecho, bajo un velo de olvido y lágrimas, donde sean indetectables para la memoria. A veces es imprescindible arrojar los recuerdos al mar y arrancarse las viejas alas para perderse en senderos que nadie transite. 

Y caminar, sin rumbo, con los deseos en un bolsillo y la sonrisa presta en el rostro, dejando que el mundo nazca ante ti con cada paso que das. 
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Vértigo

Atrapo la chispa y cierro los dedos para que no escape. Su calidez me asciende por el brazo, recorre el pecho y vuelve a salir por mis ojos. 
Se inicia el viaje.

Un torbellino me envuelve, se convierte en huracán, me succiona hacia un mundo que solo cobra vida con la siguiente letra y la que viene después… 
Vértigo.
Por fin brotan las palabras. Se derraman sobre el papel, lo tatúan con mi propia sangre, con finas venas negruzcas que antes formaban parte de mi cuerpo. De mi mente.

El arrítmico batir del corazón me enloquece el pulso, aleja enemigos y amigos por igual, me vacía durante un tiempo de completa extrañeza de mi misma. 
Vértigo.
Pasado y futuro se difuminan. Ante mis ojos palpitan ideas que esperaban ocultas su momento para nacer. No existo mientras las frases brotan en pleno aire, no respiro mientras la mano traza signos que aún no poseen un significado completo. 

No soy hasta que pueda ser, cuando la historia concluya dejándome en silencio. 

Y así permaneceré hasta que llegue otra chispa con la que iniciar un nuevo viaje.

Hasta que el vértigo vuelva a atraparme. 


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Clave de Luna

Si pudiera componer música con las palabras afiladas que desprenden la piel de mis huesos… componer hasta la extenuación, derramar mi ser por el papel, dejar que la sangre se convierta en notas, desnudas, etéreas, que floten ante mis ojos en una danza infinita. No en clave de sol, sino de luna, para buscar la paz bajo su benévola luz y emprender el vuelo hasta ella sobre gotas de lluvia.
Si pudiera… 

Y dejar que el vértigo vacíe mi cabeza para que allí solo entren melodías, sin rostro, sin pasado… Pero cada nota tiene alma, huele a ayer, porta consigo la esperanza de un sueño. La música, temible y amada música, nos salva y nos destruye con cada acorde que logra infiltrarnos en el corazón.

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Destino

El destino, esquivo, se enzarza con el pasado en una danza que nos arrastra hacia el infinito, como una melodía fantasmal, como el eco de palabras moribundas. Es una telaraña que te atrapa en pleno vuelo y se adhiere a cada centímetro de tu piel, con una lengua pegajosa y un aliento que apesta a días revividos una y otra vez. Te permite mirar hacia atrás y hacia adelante, pero te impide dar pasos en ninguna dirección. Estás atrapado en un bucle de tiempo que no transcurre, sino que se alimenta de tu sangre, de tus lágrimas. Fluye en ti y por ti. Te encarcela en tu propio cuerpo y te exprime el alma para obligarte a claudicar, a aceptar lo que te espera sin posibilidad de elegir. Por mucho que necesites rebelarte y huir para no languidecer en un instante detenido eternamente, para no anclarte a un presente inabarcable a la vista… sabes que no hay escapatoria. Has de aprender a soñar para no morir a una hora fijada, para no dejar que unas raíces te amarren a la tierra y te prohiban salir volando sin rumbo, sin planes; a merced del bendito azar. Soñar y soñar para romper las cadenas de lo previsible, de lo impuesto por voluntades ajenas; esa es la única forma de que un espíritu libre sobreviva a los manejos del destino.

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Ad aeternum

Nacemos, nos entrelazamos, nos cruzamos por miles de mundos que nos acercan y vuelven a distanciarnos. Vienes, me amas, me llenas, me hieres, me vacías, te alejas, desaparezco… 

Renazco. 

Nos perdemos en el bosque de los deseos, vagamos enzarzados en un bucle de tiempo, navegamos por los mares de la memoria a veces sin reconocernos. Hasta que una imagen, un sonido, un olor, nos arrancan del presente con la fuerza de un huracán y nos transportan a otros cielos, a otros amaneceres compartidos en el transcurso de innumerables vidas. Aunque lo hayamos olvidado. Aunque yo ya no sea yo ni tú seas tú. ¿O acaso sí lo somos?

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Soñar

Tendrían que inyectarnos las palabras en la sangre para que nos las creyéramos, para volver a confiar en que todo es posible. Inocularnos el virus del optimismo… solo así podremos soñar de nuevo. 
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Agua

Sumergirse en el agua es fundirse con ella, con el hálito de un viento que no sopla. Solo has de dejar que el líquido te acaricie y te envuelva como una segunda piel, penetrando por tus poros, adaptándose a tu cuerpo como si quisiera poseerlo. La forma aerodinámica que eres se prepara para volar. Un paso, dos… y saltas. Y en vez de ascender te precipitas con la incertidumbre de un suicida… Brazos por alas, piernas como cola de pájaro, ojos clavados en un horizonte de libertad. Así surcamos un cielo denso que ralentiza la realidad y avanzamos por el lento transcurso de los sueños conteniendo el aliento. Nos convertimos en seres etéreos, en jinetes a lomos de una fantasmal brisa húmeda que borra las lágrimas adheridas a nuestras mejillas desde el origen del tiempo. Desde que aprendimos a respirar para no morir. 

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Criaturas

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A veces caemos en nuestras propias trampas, con ayuda de otros o solos. Ilusiones, expectativas, desengaños, sueños frustrados… con todos ellos tejemos una alambrada que nos envuelve, que hunde sus afiladas puntas hasta adentro. Y cuando el mero hecho de respirar se torna doloroso y necesitamos escapar de nuestra cárcel, arrancamos los alambres… pobres idiotas. Creemos que así seremos libres, pero lo cierto es que al hacerlo nos rasgamos piel y alma, dejamos a la vista el infierno que portamos en el interior y solo logramos escapar a medias. Las cicatrices y los restos de pasado nos acompañarán siempre para recordarnos el sabor del abismo y para poner más peso sobre nuestras alas. Aun así, conseguimos alzar el vuelo y escapar a cielos más propicios… Nosotros, criaturas maravillosas e imperfectas.
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Des-Amor

¿Será posible “des-hablar” las palabras que le dedicaste a alguien durante un tiempo casi infinito? ¿Y “des-acariciar” su piel, que tantas veces recorriste como si fuera un mapa en el que buscabas tu destino?

“Des-amarlo” sería entonces la única forma de invocar una marea de olvido sobre su rostro para lograr borrarlo de la intacta arena de tu memoria. Habrías de aprender a “des-esperar”, a abandonar toda ilusión de compartir un mundo que no es lo bastante grande para abarcar vuestras sombras. 
Solo así, obliterando palabras, caricias, amor y esperanza tendrías alguna posibilidad de sobrevivir en una maraña semántica a la que, en ocasiones, resulta imposible encontrarle un sentido.

Sueño

Cuando la oscuridad cubre sus ojos, la luz invade su mente y comienza a recrear escenas que la arrastran de vuelta a la vigilia. Se le ocurre que debería existir un botón de desconexión para el pensamiento. Tras dar mil vueltas llega la revelación: arriesgaría toda la eternidad por apoyar una vez más la espalda en su pecho y sentir cerca su calor, su olor. Por notar ese aliento tibio en la nuca y empaparse de su aroma a alma conocida, de su calidez carente de palabras. El mundo sucumbiría al olvido y el peligro del abismo se pospondría aunque solo fuera un poco más. Y dormiría, por fin, seis, ocho, diez horas seguidas, sin pesadillas. Quizá de esa forma sería capaz de retornar a sí misma, a quien era antes de aquel tiempo oculto tras un recodo en la memoria. Y durante esas horas robadas a la muerte convergerían pasado, presente y futuro bajo el hechizo del sueño. Solo así podría abandonarse en manos de la noche con una sonrisa en los labios.
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