Poderosa melodía

Seguro que te ha ocurrido alguna vez, aunque no siempre suceda con la misma intensidad. Escuchas una canción y, de pronto, te ves transportado a otro mundo. Es como una presa abierta dejando entrar una tromba de agua. Penetra por tus oídos con el tacto de la seda, con el poder de la magia. Juguetea entre ellos y te inunda cerebro, mirada y venas. Sustituye al aire en tus pulmones, bombea sangre hecha de notas cargadas con emociones que te desbordan el alma. Te desbocan el corazón. 

La mente está tan rebosante de melodía que parece no haber sitio para los pensamientos. 

Sí lo hay. 

Estos fluyen por entre los acordes en perfecta simbiosis mientras la canción, sin que tú lo decidas, te marca el ritmo del paso a medida que caminas. 

Bajo su embrujo te crees un dios que puede alzar el vuelo en cualquier instante. Te posee, te convierte en su reino y te transporta a donde tus sueños son tan reales como tú quieras. 

La música palpita en el color de tus ojos, renace de las profundidades del sueño en cuanto despiertas, insufla vida a tus personajes, te inflama el pecho hasta que sientes que este va a reventar. Y poco a poco parece apagarse tras horas, o incluso días, siendo la banda sonora de todos tus movimientos y elucubraciones. 

Pero no es así.

La melodía sigue oculta en los pliegues de la memoria, latente, aguardando para acudir a ti cuando menos lo esperes.

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Caminos

Cuántos caminos se cruzan en esta existencia sin que quienes los emprenden lleguen siquiera a saludarse, a compartir una mirada. A rozarse la piel. 

Los viajeros de esas otras rutas tan lejanas y cercanas a la vez no siempre se dan cuenta de tu presencia, aunque te escueza el alma de observarles, de esperar una sola palabra suya; aunque alargues, con temor, los dedos para sentir por un instante su calor. 

Cuántas estrellas fugaces perseguimos en busca de la felicidad, para hallarnos al final del sendero tan solos como al principio. 

Cuántas historias inconclusas, que pensábamos serían eternas, se evaporaron ante nuestros ojos dejando atrás un perfume que se resiste a desaparecer de la memoria.

Cuánta vida por vivir y cuánta ya vivida. 

Y aquí seguimos.

Caminos

Cuántos caminos se cruzan en esta existencia sin que quienes los emprenden lleguen siquiera a saludarse, a compartir una mirada. A rozarse la piel. 

Los viajeros de esas otras rutas tan lejanas y cercanas a la vez no siempre se dan cuenta de tu presencia, aunque te escueza el alma de observarles, de esperar una sola palabra suya; aunque alargues, con temor, los dedos para sentir por un instante su calor. 

Cuántas estrellas fugaces perseguimos en busca de la felicidad, para hallarnos al final del sendero tan solos como al principio. 

Cuántas historias inconclusas, que pensábamos serían eternas, se evaporaron ante nuestros ojos dejando atrás un perfume que se resiste a desaparecer de la memoria.

Cuánta vida por vivir y cuánta ya vivida. 

Y aquí seguimos.

Huellas

Hay momentos en los que es necesario borrar las huellas que dejas tras de ti para no volver a encontrar el rastro; vaciar la mente, desconectar tus venas del corazón de otros y recluirlas en tu pecho, bajo un velo de olvido y lágrimas, donde sean indetectables para la memoria. A veces es imprescindible arrojar los recuerdos al mar y arrancarse las viejas alas para perderse en senderos que nadie transite. 

Y caminar, sin rumbo, con los deseos en un bolsillo y la sonrisa presta en el rostro, dejando que el mundo nazca ante ti con cada paso que das. 
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Vértigo

Atrapo la chispa y cierro los dedos para que no escape. Su calidez me asciende por el brazo, recorre el pecho y vuelve a salir por mis ojos. 
Se inicia el viaje.

Un torbellino me envuelve, se convierte en huracán, me succiona hacia un mundo que solo cobra vida con la siguiente letra y la que viene después… 
Vértigo.
Por fin brotan las palabras. Se derraman sobre el papel, lo tatúan con mi propia sangre, con finas venas negruzcas que antes formaban parte de mi cuerpo. De mi mente.

El arrítmico batir del corazón me enloquece el pulso, aleja enemigos y amigos por igual, me vacía durante un tiempo de completa extrañeza de mi misma. 
Vértigo.
Pasado y futuro se difuminan. Ante mis ojos palpitan ideas que esperaban ocultas su momento para nacer. No existo mientras las frases brotan en pleno aire, no respiro mientras la mano traza signos que aún no poseen un significado completo. 

No soy hasta que pueda ser, cuando la historia concluya dejándome en silencio. 

Y así permaneceré hasta que llegue otra chispa con la que iniciar un nuevo viaje.

Hasta que el vértigo vuelva a atraparme. 


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Clave de Luna

Si pudiera componer música con las palabras afiladas que desprenden la piel de mis huesos… componer hasta la extenuación, derramar mi ser por el papel, dejar que la sangre se convierta en notas, desnudas, etéreas, que floten ante mis ojos en una danza infinita. No en clave de sol, sino de luna, para buscar la paz bajo su benévola luz y emprender el vuelo hasta ella sobre gotas de lluvia.
Si pudiera… 

Y dejar que el vértigo vacíe mi cabeza para que allí solo entren melodías, sin rostro, sin pasado… Pero cada nota tiene alma, huele a ayer, porta consigo la esperanza de un sueño. La música, temible y amada música, nos salva y nos destruye con cada acorde que logra infiltrarnos en el corazón.

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Destino

El destino, esquivo, se enzarza con el pasado en una danza que nos arrastra hacia el infinito, como una melodía fantasmal, como el eco de palabras moribundas. Es una telaraña que te atrapa en pleno vuelo y se adhiere a cada centímetro de tu piel, con una lengua pegajosa y un aliento que apesta a días revividos una y otra vez. Te permite mirar hacia atrás y hacia adelante, pero te impide dar pasos en ninguna dirección. Estás atrapado en un bucle de tiempo que no transcurre, sino que se alimenta de tu sangre, de tus lágrimas. Fluye en ti y por ti. Te encarcela en tu propio cuerpo y te exprime el alma para obligarte a claudicar, a aceptar lo que te espera sin posibilidad de elegir. Por mucho que necesites rebelarte y huir para no languidecer en un instante detenido eternamente, para no anclarte a un presente inabarcable a la vista… sabes que no hay escapatoria. Has de aprender a soñar para no morir a una hora fijada, para no dejar que unas raíces te amarren a la tierra y te prohiban salir volando sin rumbo, sin planes; a merced del bendito azar. Soñar y soñar para romper las cadenas de lo previsible, de lo impuesto por voluntades ajenas; esa es la única forma de que un espíritu libre sobreviva a los manejos del destino.

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Ad aeternum

Nacemos, nos entrelazamos, nos cruzamos por miles de mundos que nos acercan y vuelven a distanciarnos. Vienes, me amas, me llenas, me hieres, me vacías, te alejas, desaparezco… 

Renazco. 

Nos perdemos en el bosque de los deseos, vagamos enzarzados en un bucle de tiempo, navegamos por los mares de la memoria a veces sin reconocernos. Hasta que una imagen, un sonido, un olor, nos arrancan del presente con la fuerza de un huracán y nos transportan a otros cielos, a otros amaneceres compartidos en el transcurso de innumerables vidas. Aunque lo hayamos olvidado. Aunque yo ya no sea yo ni tú seas tú. ¿O acaso sí lo somos?

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Soñar

Tendrían que inyectarnos las palabras en la sangre para que nos las creyéramos, para volver a confiar en que todo es posible. Inocularnos el virus del optimismo… solo así podremos soñar de nuevo. 
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Criaturas

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A veces caemos en nuestras propias trampas, con ayuda de otros o solos. Ilusiones, expectativas, desengaños, sueños frustrados… con todos ellos tejemos una alambrada que nos envuelve, que hunde sus afiladas puntas hasta adentro. Y cuando el mero hecho de respirar se torna doloroso y necesitamos escapar de nuestra cárcel, arrancamos los alambres… pobres idiotas. Creemos que así seremos libres, pero lo cierto es que al hacerlo nos rasgamos piel y alma, dejamos a la vista el infierno que portamos en el interior y solo logramos escapar a medias. Las cicatrices y los restos de pasado nos acompañarán siempre para recordarnos el sabor del abismo y para poner más peso sobre nuestras alas. Aun así, conseguimos alzar el vuelo y escapar a cielos más propicios… Nosotros, criaturas maravillosas e imperfectas.
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