Elogio del abrazo

Llevaba tiempo sin pensar en algo que, a veces, damos por sentado sin pararnos a valorarlo. Tras los tiempos de pandemia, que han forzado la distancia entre amigos y conocidos e incluso entre nosotros y nuestros compañeros de vida, si es que el “bicho” se había cebado con uno de los dos, hemos retomado una costumbre maravillosa. Me refiero a los abrazos. El pensamiento me ha asaltado hoy, al alba, cuando llegan esas ideas que uno no sabe de dónde provienen, pero que pueden llevarte a las lágrimas o a la sonrisa, y en mi caso, también a la escritura. Y me han venido a la mente los abrazos que doy, de manera espontánea, a mi pareja, amigos o aquellos con los que me he cruzado a lo largo de la existencia y a los que me ha unido una afinidad casi inmediata… A todos ellos me ha resultado fácil, natural, atraerlos hacia mí o acudir sin pensarlo cuando me ofrecían sus brazos y, con ello, su cariño.


Creo que un abrazo expresa una cercanía que dos besos en la mejilla no llegan a comunicar. Te permite aproximar los corazones, tocar con todo tu cuerpo a la otra persona, percibir la consistencia que le da forma, pero también su mundo de emociones, que reconocemos a la perfección porque las sentimos de igual manera. Lo físico, así, se funde con lo intangible mientras nos transformamos por unos instantes en un solo ser de dos corazones que laten acompasados. Y en tales momentos se produce un hecho cotidiano, pero único, que nos impulsa a cerrar los ojos mientras dura el abrazo.


Cuando mi mente ya se despojaba de los últimos hilillos de sueño tejidos por la noche, me he dado cuenta con enorme tristeza de que esa cercanía tan estrecha no la compartí nunca con quien ya es imposible hacerlo: mis padres. Cuántos abrazos les daría ahora, que se han convertido en recuerdo, en su truncada ancianidad, en su ausencia sobrecogedora e irremediable. Solo me queda aceptarlo y lamentarlo. Sin embargo, todavía tengo a mis hermanos, al resto de mi familia, a los amigos que se van alejando y, sobre todo, a quienes sé que permanecerán siempre por aquí, al alcance de mis latidos. Y aviso: los abrazos que me quedan por dar durante los años que me resten los buscarán a todos ellos. No permitiré que el tiempo vuelva a despertarme con la tristeza de las cosas no hechas cuando aún era posible remediarlo. Y si puedo dar un consejo (tan lista me creo como para hacerlo), me atrevería a deciros que no dejéis escapar un solo día sin abrazar a quienes queréis de verdad. Es ahora, no mañana ni en el futuro.

Foto de Marco Bianchetti

2 comentarios sobre “Elogio del abrazo

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