Poderosa melodía

Seguro que te ha ocurrido alguna vez, aunque no siempre suceda con la misma intensidad. Escuchas una canción y, de pronto, te ves transportado a otro mundo. Es como una presa abierta dejando entrar una tromba de agua. Penetra por tus oídos con el tacto de la seda, con el poder de la magia. Juguetea entre ellos y te inunda cerebro, mirada y venas. Sustituye al aire en tus pulmones, bombea sangre hecha de notas cargadas con emociones que te desbordan el alma. Te desbocan el corazón. 

La mente está tan rebosante de melodía que parece no haber sitio para los pensamientos. 

Sí lo hay. 

Estos fluyen por entre los acordes en perfecta simbiosis mientras la canción, sin que tú lo decidas, te marca el ritmo del paso a medida que caminas. 

Bajo su embrujo te crees un dios que puede alzar el vuelo en cualquier instante. Te posee, te convierte en su reino y te transporta a donde tus sueños son tan reales como tú quieras. 

La música palpita en el color de tus ojos, renace de las profundidades del sueño en cuanto despiertas, insufla vida a tus personajes, te inflama el pecho hasta que sientes que este va a reventar. Y poco a poco parece apagarse tras horas, o incluso días, siendo la banda sonora de todos tus movimientos y elucubraciones. 

Pero no es así.

La melodía sigue oculta en los pliegues de la memoria, latente, aguardando para acudir a ti cuando menos lo esperes.

Photo credit: <a href=”http://foter.com/re/6c2fb1″>Foter.com</a&gt;

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